Giovanna BRIZI (Roma)
La vida religiosa del Emperador Carlos. Estudio de las actas del proceso de beatificación1
«Te alabarán, oh Yahvé, todos los reyes de la tierra» (Salmo 138,4).
«Entre los reyes que han sobresalido por su vida y sus actos santos para la alabanza y glorificación del Señor, sin duda hay que mencionar al Siervo de Dios Carlos de Austria. Pues, consciente del origen divino de cualquier autoridad humana (véase Romanos 13,1) no aprovechó su posición de soberano para obtener ventaja a favor propio. Al contrario, siempre actuó de manera justa, a favor de su pueblo, acrecentando el reino de Dios y la libertad de la Iglesia que, según el mensaje del Concilio Vaticano II, exige de los gobernantes que garanticen la libertad de la fe y de su práctica, la libertad de amar y servir a su Dios y la libertad de vivir y de transmitir a los hombres el mensaje de vida»2.
Con estas palabras esclarecedoras comienza el texto del Decreto sobre las virtudes redactado con ocasión del reconocimiento de la heroicidad de las virtudes teologales, virtudes cardinales y demás virtudes emanantes de las mismas del Siervo de Dios Carlos de Austria por los consultores teólogos (29 de Octubre de 2002) y por los cardenales y obispos (Abril de 2003). Si por religiosidad se entiende «la experiencia religiosa a escala individual»3, resulta obvio que cada biografía humana, desemboque en una santidad canonizada o no, ha de considerarse única e irrepetible sólo por dicha experiencia. Esta nota previa de carácter general, y evidentemente teológico, es aplicable aún más al personaje polifacético y complejo cuyo perfil religioso se analizará a continuación. Además, hay que tener en mente el programa espiritual que siempre ha determinado las decisiones de este Emperador joven y desdichado que murió a la edad de treinta y cuatro años, pobre y desterrado, en una isla del Atlántico. En la última noche de su vida, el 1 de Abril de 1922, le dijo a su mujer: «Ahora voy a decirte con toda claridad lo que pienso: Todo mi afán siempre está dirigido a reconocer y cumplir la voluntad de Dios en todo, con toda la claridad posible y de la manera más perfecta posible»4. Este afán le acompañó durante todos los días de su vida. Al pasar revista a todas las etapas de su vida, se puede decir que esta voluntad inquebrantable de reconocer y cumplir la voluntad divina se convirtió en el pan suyo de cada día, en el alimento que necesitaba para aceptar siempre con serenidad los fracasos, las calumnias y los percances que su corta vida le tenía preparados. Todo, la alegría y el sufrimiento, era para él un don divino; a menudo y con gusto declaraba: «Estamos en manos de la providencia divina. Pase lo que pase, está bien. ¡Sólo hace falta que tengamos confianza!»5.
La señora Maria Lackner6 se encontraba en Madeira el 31 de Diciembre de 1921. Describe este último Año Nuevo en la casa de los Habsburgo, en un momento en el que el mundo entero parecía haberse derrumbado sobre el Siervo de Dios: «Por la noche, como oración de fin de año, tuvo lugar una liturgia eucarística en la capilla de la casa. Sólo estábamos presentes el Emperador, la Emperatriz y nosotros. También se rezó el "Te Deum". Detrás de nosotros terminaba un año que había sido el más duro en la vida del Siervo de Dios. Lejos de la patria, en el exilio, en la miseria extrema, separado de sus hijos, no sabía qué desdichas le tenía preparado el día de mañana. Durante el "Te Deum" uno tras otro de nosotros se quedaba callado, puesto que el dolor nos quitaba la voz. Sólo el Siervo de Dios seguía adelante y rezó el "Canticum Ambrosianum" hasta el final, entonando cada palabra en voz alta y clara. [...]. Le observé admirada. Se veía claramente que en ese momento para él sólo existía Dios y nada más, y que este "Te Deum" era un diálogo muy personal entre Dios y su fiel servidor. En aquel momento no sabía si volvería a ver a sus hijos, no sabía lo que pasaría al día siguiente, y aún así rezaba esta oración de acción de gracias con mucho fervor. Todo esto no hubiese sido demasiado, si este afán cotidiano de cumplir la voluntad de Dios hubiese permanecido como un ideal abstracto. Pero podemos verificar que se concretó en todos los aspectos de su vida, especialmente en su comportamiento para con el prójimo. De su amor incondicional a Dios emanaba aquel otro amor, a menudo mucho más difícil de vivir, el amor al prójimo. Con palabras del apóstol Santiago podemos decir que en él la fe y las obras confluían y que sólo las obras completaban la fe. (Santiago 2,22)»7. Hay que ver, pues, la vida del Siervo de Dios desde una perspectiva religiosa, librarse en la medida de lo posible de los prejuicios y de las ideas preconcebidas e intentar reconocer en ella las huellas de Dios y al mismo tiempo su naturaleza humana; no se va a presentar a un asceta impecable, ajeno al mundo e irreal, sino a «juzgar la vida y obra de un ser humano que durante su breve existencia tuvo que desempeñar un cargo que durante mucho tiempo fue el más alto que un laico podía alcanzar en Occidente, el de Emperador. Estaba en la cúspide de aquel Imperio que, con razón, se podía considerar heredero legítimo del extinguido poder del Sacro Imperio Romano»8. La fuente principal para los datos mejores y más fidedignos sobre la vida del Siervo de Dios es, sin duda, la Positio super virtutibus et fama sanctitatis, que contiene poco menos de 2700 páginas y aproximadamente 85 textos del proceso ordinario en Viena y de las diligencias previas llevadas a cabo en Luxemburgo, Nueva York, Friburgo, Paris, Le Mans y Funchal. Aproximadamente 70 de dichos textos proceden de testigos oculares. La cantidad de documentos presentados es impresionante: Unas 1120 páginas. Uno de los diversos estudios es el de la Dra. Elisabeth Kovàcs sobre la Concordancia entre textos y documentos. Junto con otros 13 estudios históricos especiales, o redactados por miembros de la Comisión Histórica, forma parte integrante de la Positio. La conclusión de E.
Kovàcs dice: «Según lo constatado con anterioridad, todos los hechos históricos en las actas de declaraciones de testigos concuerdan con los resultados de las diligencias previas»9. Por ello, no hay duda científica razonable con respecto a la veracidad de los hechos relatados en la Positio. «Carlos nació el 17 de Agosto de 1887 en Persenbeug del Danubio. Fue un niño pequeño y frágil que tuvo que ser criado con mucho esmero y amor», según relata la marquesa Crescentia Pallavicini, dama de honor de la joven María Josefa, madre del Siervo de Dios10. El parto fue difícil: un parto instrumental que casi le cuesta la vida a la parturienta. El ambiente familiar que rodeaba al pequeño Carlos no era del todo favorable. El matrimonio de sus padres no podía considerarse como feliz ni mucho menos. Su madre, la archiduquesa María Josefa, nacida princesa de Sajonia, fue una «mujer muy religiosa y estrictamente católica, pero no tenía capacidad de adaptación alguna: siempre vivía según un programa fijo y no sabía mostrar el amor y el calor que sentía en su interior»11, según la describe su sobrina Isabel Carlota. El padre, el archiduque de Austria Otón Francisco José, era muy distinto: «Un hombre extremadamente atractivo, bondadoso pero algo débil de carácter. Su gran encanto, su belleza, su naturaleza de artista, su afán juvenil por la diversión podrían haber sido la causa de algunos pecados juveniles». A pesar de su diversidad de caracteres, ambos estaban preocupados por la educación moral, social y religiosa de su primogénito. Le protegían del posible peligro, debido a su proximidad dinástica al trono, y lo educaron como a un “hijo del Estado”. Como todos los descendientes de su estirpe, estuvo al cuidado de distintas niñeras y, más tarde, de preceptores que se ocuparon de la educación del niño, siempre bajo la dirección de su madre, aunque ésta nunca actuó personalmente, sino que se limitaba a un rol de supervisión12. Entre sus profesores, sin duda, el Conde Georg Wallis tuvo la mayor influencia sobre el futuro Emperador. Él era «un católico practicante, muy devoto y un servidor de una lealtad absoluta hacia su Emperador»13, quería al niño como a su propio hijo, pero «sometía al joven archiduque, ciertamente con las mejores intenciones, a una férrea disciplina, lo que causó al niño, que era sensible de alma y cuerpo, muchos momentos difíciles»14. Al lado de los laicos, había también sacerdotes encargados de la educación del pequeño, particularmente de su instrucción religiosa: primero el Padre Norbert Geggerle, dominico y luego el obispo sufragáneo Gottfried Marschall, el cual le administró también los sacramentos de la Primera Comunión y de la Confirmación. Como es habitual en niños de su edad, en el quehacer cotidiano de Carlos alternaban los tiempos de aprendizaje y de juego. Un énfasis especial se ponía en el estudio de las lenguas. La norma era aprender todos los idiomas del vasto imperio. Varios testigos afirman que el Siervo de Dios dominaba unos siete idiomas. Todos los testigos concuerdan en describir a Carlos como un niño despierto, inteligente, obediente, bondadoso, generoso y sensible, de salud frágil y muy fervoroso en la Misa y en los ejercicios religiosos. Era un niño «extremadamente concienzudo, nunca pasaba por una iglesia sin rezar una oración en ella. A menudo se le veía en la capilla familiar, rezaba sus oraciones diarias puntual y concienzudamente y cada noche hacía un estricto examen de conciencia»15. Le encantaba visitar lugares de peregrinación de advocaciones marianas, especialmente Maria Taferl, de donde se llevaba recuerdos a casa. Un día se incendió una casa cercana a Reichenau y el niño inmediatamente vació su hucha para ayudar a la familia afectada16. De su niñez también consta un episodio característico, relatado por su esposa Zita: «El Siervo de Dios era muy devoto de la Madre de Dios y la consideraba como su madre celestial. Un día, al jugar, tiró una rama al aire que, por azar, cayó sobre una imagen de Nuestra Señora. Aunque esto ocurrió sin ninguna intención, el niño rompió a llorar en seguida porque le dolía tanto haber herido a la Madre de Dios. Durante toda su vida mostró un respeto especial por los santuarios dedicados a la Virgen y los adornaba con flores o guirnaldas para, como me dijo, mostrarle a la Madre de Dios que no quería herirla nunca de nuevo»17. Carlos pasó su juventud con su familia en Augarten, en Viena, que no estaba lejos de la iglesia parroquial de San Leopoldo, donde él iba a rezar siempre que podía. Todos los preceptores lo recuerdan como un joven por encima de todo reproche, con gran control de sí mismo, modesto y reservado y desinteresado de las mujeres18. Al mismo tiempo era feliz y alegre y aficionado a los viajes y a los placeres sanos19. Mientras patinaba sobre hielo, un compañero de juegos celoso le causó intencionalmente una caída y Carlos sufrió una fractura muy dolorosa en una pierna, cuyos efectos sufriría toda su vida, en la forma de una dificultad crónica para caminar. Este acontecimiento nos ilustra mucho acerca de su carácter. No sólo se negó a dar el nombre del niño que le causó tanto dolor, sino que tampoco mostró ningún signo de rencor, aunque tuvo que superar una operación que en ese tiempo era peligrosa y dolorosa por la falta de anestésicos.20 Hizo sus estudios de bachillerato en el Schottengymnasium de Viena y luego, siguiendo las precisas instrucciones de su padre Otto, tomó cursos de Derecho y Economía en la Universidad de Praga21. En 1903, siguiendo la costumbre de entonces, el archiduque Carlos comenzó su carrera militar. Con apenas 16 años fue nombrado teniente del primer regimiento de ulanos. Al mismo tiempo, fue condecorado con la orden del Toisón de Oro. «Las fuertes implicaciones religiosas de la Orden, y el consiguiente privilegio de poder hacer celebrar la santa misa para él mismo en cualquier lugar, llenaron al Siervo de Dios de profunda satisfacción»22. También el juicio sobre su vida como militar es unánime: fue siempre diligente y concienzudo, amistoso con sus colegas, siempre solícito con ellos y sin hacer valer nunca su rango o posición. En el ejército se sentía a gusto, y vistió el uniforme casi hasta su muerte, no como un signo de poder, sino, más bien, de servicio a su patria. Muy estimado por todos sus camaradas, independientemente de su raza o religión, siempre confesó abiertamente su fe y nunca dejó de rezar sus oraciones, el Benedicite y el Ángelus. En esa época, durante un corto período de su vida, ocurrió lo que su mujer Zita calificó de «oscurecimiento de pocos meses». Ella misma relata: «Después de su mayoría de edad y de su consiguiente ilimitada libertad (su propia casa y dinero, y separado de su familia y de todos los demás apoyos previos) cayó en un estado de laxitud en relación a la búsqueda de la perfección. Un consejo desafortunado del archiduque (Francisco) Fernando tuvo una influencia importante en ello. Éste se había convertido en su tutor después de la muerte de su padre y tenía la reputación de ser muy católico. Quiso darle al joven un buen consejo para la vida y dijo: “Guárdate de las mujeres pero si no puedes, haz como hacía yo: ¡Cuida de tu salud!” Dado que mi suegro había muerto de una enfermedad similar, estas palabras tocaron al joven como un rayo. Comenzó a pensar: Si alguien como su tío Francisco Fernando le podía dar consejos de este tipo, la rigidez con la que este punto había sido tratado siempre en el pasado probablemente no estaba tampoco justificada desde la perspectiva de la fe. Por lo tanto, este particular pecado, que siempre le había sido presentado como particularmente grave, lo había sido debido a la preocupación de que él pudiera, como su padre, contraer esta peligrosa enfermedad. Aún así, continuó resistiendo durante bastante tiempo los esfuerzos de persuasión de algunos de sus camaradas de regimiento, que trataban de convencerlo de que no tenía ninguna importancia. Finalmente quiso aclarar sus dudas, agravadas por su juventud, en el confesionario. El sacerdote debió haber entendido mal la pregunta, pues su respuesta no lo dirigió de ninguna manera hacia el camino justo. Sin embargo, todavía pasó algún tiempo hasta que dos de sus camaradas lo encerraron con una mujer. Esto marcó el comienzo del "oscurecimiento" que duraría pocos meses. El siervo de Dios me dijo que en aquella época sólo ocurrieron unas pocas caídas, puesto que siempre lo llenaban de remordimientos y disgustos. Después de poco tiempo puso punto final a este modo de vida y volvió a esforzarse por una vida virtuosa. Después de habérmelo contado, el Siervo de Dios me preguntó si, después de esta declaración, seguía dispuesta a casarme con él. Sentía una obligación de conciencia de confesarme dichos pecados antes de la boda. Al mismo tiempo me juró su lealtad incondicional. Antes de contraer matrimonio, el Siervo de Dios me dijo que había jurado explícitamente ante Dios que me confesaría cualquier pecado en un plazo de veinticuatro horas. También se sentía empujado a ello en vista del matrimonio infeliz de sus padres, pues consideraba la falta de confianza entre su padre y su madre como causa de dicha desgracia»23. En el año 1913 se casó con la princesa Zita de Borbón-Parma; dicho matrimonio seguramente no era fruto del azar. Ambos se conocían desde la niñez, puesto que Carlos era amigo de los hermanos de su novia. El matrimonio fue celebrado por el obispo G. Bisleti, quien leyó un sermón redactado por san Pío X exclusivamente para esta boda. Poco antes, el Papa había recibido a la novia en audiencia privada y le había pronosticado un futuro como Emperador para Carlos. Dijo que se alegrara, «pues veía al Siervo de Dios como recompensa del cielo para Austria por toda su lealtad al Papa y a la Iglesia»24. Seguramente, Carlos estaba encantado por su maravillosa y numerosa familia política. La madre Antonia de Borbón-Parma, hermana de Zita y monja benedictina, está convencida de que «el siervo de Dios estaba encantado por nuestra buena vida familiar, por la atmósfera profundamente cristiana y tan pura de nuestra casa»25. La novia y el novio se prepararon muy seriamente para el matrimonio, conscientes del gran sacramento que les sería administrado, y acompañados cuidadosamente por P. Karl Maria Andlau, un famoso predicador jesuita al que Carlos había conocido en el colegio jesuita de Kalksburg adonde solía ir desde joven para hacer deporte26. El padre Andlau tuvo gran influencia en la vida del siervo de Dios y fue su confesor durante algún tiempo. Carlos estaba muy serio cuando inesperadamente le dijo a su novia: «¡Ahora tenemos que ayudarnos mutuamente a llegar al cielo!»27. Confiando plenamente en la ayuda de Dios hizo grabar en las alianzas: «Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genitrix – bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios» y en los días siguientes la pareja de recién casados hicieron una peregrinación a Mariazell, donde pidieron la protección de la Virgen para su matrimonio recién celebrado. La madre María Antonia describió la vida familiar de ambos de la siguiente manera: «Un modelo concreto del ideal cristiano, plena armonía de pensamientos y principios, sin secretos, sino completamente abierto y honesto el uno con el otro; eran optimistas por naturaleza y la gracia de Dios les daba una heroica confianza en Dios, un amor entusiasmado a Cristo, una confianza ilimitada en su amor, reforzada por la adoración al Sagrado Corazón de Jesús y a la Virgen. El siervo de Dios fue siempre el mejor esposo para su mujer y un padre modelo para sus hijos. Rezaban mucho juntos y estaban comprometidos en la educación de sus hijos. El siervo de Dios, a menudo, hablaba con su esposa sobre temas religiosos y sobre la vida espiritual. Y si ella le ayudó a él a abrirse, él, con su manera tan sencilla, le mostró a ella su camino hacia la perfección»28. Seguramente Zita tuvo gran influencia en el crecimiento espiritual de su esposo, aportando sus tradiciones católicas fuertes y profundamente arraigadas en la familia de los Habsburgo. Después de la boda, Carlos continuó su carrera militar y, como ya había sido el caso para su padre, los numerosos cambios de destino no siempre fueron agradables para la joven y creciente familia. Carlos tuvo la oportunidad de participar con entusiasmo en el Congreso Eucarístico de 1912 en Viena junto con su joven esposa que, poco después, le regalaría el primero de sus ocho queridos hijos, el último de los cuales nacería póstumo. Después del atentado contra su tío Francisco Fernando, del 28 de Junio de 1914, Carlos se convirtió en sucesor al trono. Pero el asesinato de Sarajevo fue el principio del fin: Europa y Austria ya no eran las mismas y Carlos se vio catapultado a un torbellino de acontecimientos, una de las mayores tragedias de la historia moderna. «Inmediatamente después del asesinato del archiduque en Sarajevo, el Papa Pío X le envió una carta a Carlos mediante un alto funcionario del Vaticano, pidiéndole que le hiciera presente a Francisco José el peligro de una guerra, en cuyo caso llevaría a Austria y a toda Europa hacia una miseria inconcebible. Pero el contenido había llegado al conocimiento de círculos favorables a la guerra y el funcionario fue detenido en la frontera. Carlos sólo se enteró mucho más tarde del oficio, pero en aquel momento el conflicto ya estaba en curso y era demasiado tarde para evitarlo»29. Después del comienzo de la guerra, Carlos entró a formar parte del alto mando del ejército bajo el archiduque Federico y el mariscal de campo Conrad von Hötzendorf para llegar a conocer la estrategia de los altos mandos militares como futuro Emperador. Antes había adquirido las bases teóricas en el Estado Mayor. El 10 de Septiembre, el archiduque Carlos llegó al frente de Galizia, pero fue expulsado del mando por la actitud hostil de Conrad von Hötzendorf. Dado que se sentía superfluo en su posición actual pidió poder visitar a las tropas en la primera línea del frente en nombre del Emperador. Así, llegó a conocer a todos los comandantes del frente y a los soldados en las distintas secciones del mismo, condecoraba a oficiales beneméritos y enviaba informes realistas sobre la situación militar a Francisco José. En 1916, Carlos tenía el mando del XX Cuerpo del ejército (Edelweiss). Su misión fue decisiva en la victoria contra Rumanía, para detener el avance de los rusos, mientras la ofensiva en el frente italiano llegó a su punto culminante con la victoria de Folgaria. «La historia nos informa de sus éxitos militares»30, pero no hallaba satisfacción en ninguna de sus victorias: La vista de todos esos escombros y de los cuerpos destrozados fue absolutamente insoportable para él como hombre de paz. Se lee que estaba «impasible en medio de las balas, el rosario dorado en sus manos, que rezaba en silencio, que llevaba siempre consigo y que ya estaba totalmente gastado, de manera que la joven archiduquesa tuvo que proporcionarle uno nuevo»31. Dicho rosario era un regalo de San Pío X32. Un día Carlos se lanzó a las aguas torrenciales del Isonzo arriesgando su vida para salvar a un subalterno33. Para evitar víctimas innecesarias siempre inspeccionaba el frente personalmente arriesgando su vida, y siempre intentó, en vano, concertar un breve armisticio después de las batallas más violentas para hacer posible el salvamento de los heridos. Como comandante del Cuerpo de Ejército, el archiduque Carlos era extremadamente popular, dado que se preocupaba de las necesidades físicas y espirituales de sus subalternos como un padre. En este contexto, el capellán militar P. Bruno Spitzl relata una marcha forzada durante la retirada de su regimiento en el Val d'Astico a Arsiero. Carlos cuidaba especialmente a un soldado de edad avanzada que apenas podía caminar por las heridas en sus pies, pero al que el médico consideraba un impostor, tratándole con rudeza. Carlos le ordenó al médico que examinara los pies del pobre soldado en su presencia «y a éste no le gustaba nada tener que ver con sus propios ojos el mal estado en el que estaban y oír al Príncipe Heredero decir: ¡Dudo que usted o yo hubiésemos caminado tanto con estos pies como este hombre! Haga que le lleven al hospital militar inmediatamente. Haré que me manden un informe»34.
P. Spitzl también nos cuenta del cuidado que Carlos mostraba durante sus inspecciones respecto al cuidado espiritual de sus soldados y lo satisfecho que le vio cuando se enteró de que «en este regimiento tenían poco significado las funciones de gala religiosa pero se cuidaba sobre todo hacer posible que cada división pudiese celebrar una misa y recibir los sacramentos al menos una vez al mes, aunque estuviera en el frente»35.Desde el punto de vista humano cumplía el código de honor del buen oficial a la perfección. Sin embargo, como cristiano siempre intentaba hacer obras de caridad corporales y espirituales para su prójimo. «El 21 de Noviembre de 1916, dos años después del comienzo de las hostilidades, falleció su tío abuelo Francisco José y Carlos accedió al trono como Emperador Carlos I. La emperatriz Zita recuerda este momento memorable: El 21 de Noviembre de 1916, en el lecho mortuorio del Emperador Francisco José, Carlos heredó el cargo de soberano. Fue un momento extremadamente conmovedor: el sucesor al trono, el archiduque Carlos, estaba arrodillado ante la imagen de la Virgen de la cabeza inclinada, con el rosario en la mano»36. «Por su encargo explícito en la declaración de acceso al trono se incluyó una frase que expresaba el deseo incondicional de paz del joven monarca»37. El 30 de Diciembre del mismo año fue coronado Rey Apostólico de Hungría con el nombre de Carlos IV. Su esposa escribe sobre el acontecimiento: «Para él la coronación tenía un significado extraordinario: era una investidura llevada a cabo por la Iglesia en nombre de Dios. Todas las obligaciones que el Siervo de Dios juró cumplir en esta ceremonia fueron aceptadas por él con una profunda fe y se convirtieron en el programa de su vida futura. Durante la coronación, Dios encomienda todo el pueblo al soberano. A partir de entonces éste tenía que vivir para sus súbditos, cuidar de ellos, rezar y sufrir para ellos y santificarse para poder llevarlos a Dios. El día de la coronación fue un gran momento en la vida del siervo de Dios a partir del cual iba directamente al encuentro de Dios»38. Este punto es verdaderamente esencial para entender las decisiones del emperador a partir de aquel momento: «la gracia de su soberanía le había sido concedida por Dios y la bendición por parte de la Iglesia le parecía esencial»39. Por eso tenía la intención de hacerse ungir también como Emperador de Austria en cuanto la guerra hubiese terminado. Una jura meramente formal de una Constitución que, por cierto quería cambiar, no se correspondía en absoluto con su convicción interna. Era soberano por la gracia de Dios, no para su honor personal, sino para servir a sus pueblos y a la Iglesia de Cristo. Siguiendo una directiva espiritual de san Roberto Belarmino iba a llevar el cetro como una cruz. Pocos días después de haber accedido al trono, Carlos asumió automáticamente el mando supremo sobre todas sus tropas. También en esta función seguía visitando los frentes a menudo, llegando a las primeras líneas y participando personalmente en numerosas batallas, mostrando valor y serenidad ejemplares bajo los impactos de la artillería enemiga. Pero al ver la cruenta matanza entró en un grave conflicto con los principios morales y religiosos que le habían marcado. Pocas horas después del final de la undécima batalla del Isonzo el fotógrafo de la corte, Schuhmann, le vio llorar a la vista de los cadáveres calcinados y mutilados. Al mismo tiempo dijo: «Ningún ser humano puede asumir la responsabilidad de esto ante Dios. ¡Voy a poner punto final a esto cuanto antes!»40. Más y más, el emperador Carlos llegó a la convicción de deber tomar todos los pasos posibles por vías diplomáticas para llegar a una paz a pesar de sus aliados alemanes que le acusaban de cobarde y sólo conocían una paz: la paz victoriosa. Mientras tanto se valía de todas sus posibilidades para aliviar la crueldad de la guerra, aunque fuera en algo: Se opuso rotundamente al uso de gas venenoso en el frente oriental. Era inquebrantable en su decisión de no bombardear las ciudades italianas. Luchaba contra el uso de submarinos que iban a bombardear ciudades enemigas en el Adriático, especialmente a Venecia, y ello a pesar de todas las burlas, las molestias y acusaciones por parte del aliado alemán. Para él la población civil era absolutamente intocable. «Hizo dimitir especialmente a aquellas personas que habían sido responsables del comienzo de la guerra o los transfería a puestos no políticos o de poca importancia militar»41. El emperador Carlos adoptó entusiasmado la idea de P. Wilhelm Schmidt de establecer casas para soldados en todos los frentes con el fin de mantener la moral de los soldados. Cualquiera tendría acceso a ellas, podría sentirse en su casa, entretenerse y comprar bebidas calientes estimulantes a precios económicos. También había periódicos y revistas impecables, libros y juegos. Así se quería evitar que los soldados se entretuviesen con actividades menos favorables, dañando su cuerpo y su alma. Por cierto, estas instituciones fueron un ejemplo para todos los estados beligerantes. Naturalmente no todas las iniciativas del Emperador fueron aceptadas de la misma manera. Por ejemplo, el general Bardoff pensaba que debía oponerse a las enérgicas medidas del Emperador contra ciertos «hábitos amorales» (burdeles) en el ejército, dado que les parecían «higiénicamente razonables» a los altos cargos militares42. El Emperador se ocupaba personalmente de distribuir rosarios a los soldados y mediante una orden escrita mandó que en los cuarteles se celebraran Santas Misas con sermones no sólo en domingos y festivos, sino todos los días43. En la medida de sus posibilidades intentó hacer más fácil y humano el destino de los prisioneros de guerra. Participó en iniciativas de intercambio de prisioneros entre Austria-Hungría, Rusia e Italia, se cercioraba personalmente del buen trato a los prisioneros en sus campamentos, apoyaba en la medida de lo posible a los que volvían a casa y siempre se opuso a la aplicación de represalias a la población que había quedado en territorio enemigo44. La mayor oposición fue causada por la abolición del duelo, una costumbre evidentemente muy popular y difícil de terminar. «Debe saberse que el Siervo de Dios estaba amenazado con la pérdida de su existencia como ciudadano (pérdida de su rango militar o en la corte), con la exclusión de la vida en sociedad, o sea una especie de excomunión. […] debido a su rechazo del duelo. Por su lucha tenaz contra el duelo, que culminó en su prohibición absoluta, el siervo de Dios, de hecho, perdió popularidad y partidarios entre su cuerpo de oficiales. Pero a pesar de la guerra prefería aceptar este inconveniente a subestimar y tolerar que sus oficiales permaneciesen en el pecado»45. La abolición de la pena de «atar»46 o de penas contra la integridad física de los soldados iba en la misma dirección, puesto que el emperador Carlos las consideraba indignas del ser humano. En la última etapa de la guerra las dificultades de suministro eran cada vez más dramáticas: el hambre, la miseria y la muerte se mostraban como verdaderos ganadores del conflicto. El emperador Carlos emprendió todo para compartir y solventar la miseria de su pueblo: organizaba cocinas de guerra, ordenó que los caballos de la corte imperial fueran utilizados para transportar carbón en Viena, luchó desesperadamente contra la corrupción y la usura, daba y regalaba más de lo que le permitían sus recursos. Él y su familia vivían de las raciones oficiales de guerra.47 Prohibió que su familia comiese pan blanco, repartiéndolo entre enfermos y heridos, y no permitió que se sirvieran manjares delicados en su casa. No es de extrañar que sus oficiales declararan que la comida en el frente era mejor que la de la casa del Emperador48. Evitaba cualquier ventaja injusta para sus parientes y obligó a su hermano Max, que prefería quedarse en Viena, a ir al frente y cumplir su obligación como cualquier otro oficial49. Prohibió la confiscación de casas en el frente por oficiales y sólo les permitía el uso de pensiones y hoteles. Por eso también le llamaban «el patrono de las viviendas»50. Carlos entendió que la ansiada paz exterior sólo era alcanzable si había orden en su propia casa. Para ello tomó medidas de carácter social basadas en la Encíclica Rerum novarum. De ahí sus iniciativas para el establecimiento de un Ministerio de Ayuda Social y otro de Salud. Tenía la idea de convertir su monarquía en un estado federal, en el que cada nación podría desarrollarse en su propio ámbito, y un plan de reforma agraria para Bohemia y Hungría. Tomó medidas legales a favor de la clase obrera que conllevaban mejoras considerables, como la introducción del control de precios, para hacer más fácil la vida de los menos adinerados. Los altos cargos iban a ser ejercidos ad honorem, o sea sin retribución y los departamentos para los titulares de dichos cargos ya no serían lujosos. Aumentó los salarios de los empleados de la corte, los jornaleros obtuvieron empleos fijos y sus años como jornaleros fueron considerados para el cálculo de sus pensiones.
De manera inexorable castigaba a cualquiera que aprovechara su posición para obtener un provecho particular de los negocios del Estado: el general Auffenberg, ministro de Guerra del Imperio, fue separado de su cargo y puesto ante un tribunal de honor por haber cobrado una comisión de las fábricas Skoda por un encargo de nuevos obuses51. Prohibió al general de artillería archiduque Leopoldo Salvador que él mismo vendiera sus inventos a la artillería y le obligó a devolver todos los ingresos obtenidos con su patente. Simplemente, le parecía inmoral que un rico archiduque cobrara un porcentaje por un invento cuya aplicación en toda la artillería austríaca regulaba él mismo52. Lo mismo le pasó a otro rico archiduque que hacía buenos negocios con la venta de verdura seca al ejército. Sólo se le abonó el beneficio normal de un empresario agrícola. El Siervo de Dios detestaba que se sacara beneficio del hambre del prójimo53. El Emperador Carlos elaboró nuevas leyes para la protección de la juventud y leyes contra la literatura de pacotilla. Evitó la constitución de un conglomerado de prensa bajo el liderazgo del masón Dr. Sieghart, propuso al Episcopado el establecimiento de iglesias provisionales en los barrios obreros superpoblados de Viena y la introducción de misiones populares en toda la Monarquía, desgraciadamente en vano54. En su afán incansable por la paz y la justicia declaró una Amnistía General el 2 de Julio de 1917, para corregir las múltiples injusticias causadas por penas aplicadas por los tribunales militares. Por ejemplo, un campesino en Galizia había sido acusado de alta traición por haber rezado por el Zar. El mismo destino le esperaba a una bailarina que le dio una respuesta indecente a un oficial que la había insultado55. Su esposa Zita lo había pronosticado: todo ello generaba enemistades y calumnias contra el Emperador Carlos. Él era muy consciente de dichas consecuencias y dijo que nunca había contado con la gratitud, sino que sólo tenía en mente la justicia y la conciliación de los pueblos. Le bastaba saber que había cumplido su obligación ante Dios y su prójimo56. Consideraba el derecho a ejercer la gracia como el mejor privilegio de la Corona. Su vida espiritual crecía y se profundizaba cuanto más tenía que luchar contra los desengaños, los fracasos y las calumnias día a día. Como les ocurre a menudo a los gobernantes, hubo muchas calumnias viles contra el emperador Carlos, diseminadas especialmente por grupos y organizaciones que le rechazaban por el sólo hecho de ser el soberano más católico y más leal a Roma de toda Europa. Durante el proceso de beatificación el fondo de dichas calumnias fue examinado detenidamente y el 13 de Octubre de 1977 el Subsecretario de la Congregación para la Causa de los Santos, Monseñor Pietro Frutaz Amato, declaró: «Las calumnias puestas en circulación con la intención de herir la honra del Emperador y ponerle en descrédito ante el pueblo fueron percibidas como muy dolorosas por el Siervo de Dios, especialmente porque carecían de fundamento alguno. Las calumnias más graves eran amoríos, borrachera, un matrimonio infeliz y presuntas infidelidades por el mismo. Los "recuerdos" de una tal señora Lauffer, una prostituta desdichada, agresiva y mentirosa, calificada por el tribunal como "sospechosa y de poco crédito", no son sino un montón de afirmaciones y obscenidades sin fundamento alguno […] y escritas con la intención de extorsionar dinero. La toma de declaraciones de testigos que conocían la vida pública y privada del Siervo de Dios durante el procedimiento ordinario en Viena dilucidó dichas habladurías. Las declaraciones son muy claras y fehacientes. […]. Todas las calumnias contra el siervo de Dios resultaron completamente sin fundamento y contrastan notablemente con toda la actitud de su vida descrita en 71 textos»57. Qué apropiadas son en este contexto las palabras del Evangelio según San Mateo: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mateo 5,11-12). Tampoco faltaban decepciones en el ámbito familiar. Una y otra vez Carlos intentó eliminar o evitar conflictos de la mejor manera posible, como en el caso de la disputa sobre la herencia entre él y su hermano Max. Para mantener la paz Carlos no buscó precipitar una decisión, aunque por ello tuviera que aceptar graves limitaciones materiales. La situación se resolvió después de la muerte del Emperador58. Un caso similar fue el legado que su tutor Francisco Fernando le hizo firmar como inexperto menor de edad a favor de sus propios hijos. También en este caso no desistió de su firma, aunque no había sido legal59. La fuerza para superar todas estas pruebas la obtenía de la oración constante, de la unión permanente con Dios, que alimentaba y mantenía viva participando a diario en la Santa Misa, mediante la adoración eucarística y la devoción por el Sagrado Corazón de Jesús. Se confesaba regularmente cada ocho días y tomaba muy en serio la santificación del domingo y de los días de ayuno. Le gustaban los Salmos, de los que rezaba dos diariamente: el Miserere y el Salmo 9060. Veneraba especialmente a la Madre de Dios, rezaba a menudo el rosario, también en familia; veneraba el escapulario que llevaba según la costumbre de la cofradía de la que era miembro y en la que inscribió a todos sus hijos. Los niños llevaban entre sus nombres el de María en honor de la Virgen y hasta la edad de tres años sólo podían llevar ropa con los colores de la Virgen a la que estaban encomendados61. En la cuna de sus niños colgaba una medalla de la Virgen62. A menudo, a solas en la capilla familiar, meditaba sobre las estaciones del Vía Crucis63. Antes de cada decisión importante el Siervo de Dios se retiraba solo a la capilla para meditar su decisión ante el Santísimo y «rezar por ella», como solía decir64. También profesaba una gran veneración por el Espíritu Santo. Durante las negociaciones de paz rezaba cada día el Veni Creator después de la Santa Misa. Después de acordada la paz mantuvo esta buena tradición, por estar convencido de que el mundo, ahora más que nunca, necesitaba inspiración desde arriba65. El 2 de Octubre de 1918, en la primera comunión de su hijo Otón, consagró toda su familia al Sagrado Corazón de Jesús e incluyó a todas las naciones de la Monarquía. La oración de consagración al Sagrado Corazón se rezaba cada primer viernes de mes en la capilla familiar; las letanías del Sagrado Corazón y el Breviario del Sagrado Corazón eran sus oraciones favoritas66. La fiesta del Corpus siempre se celebraba con pompa. Por ello el obispo Fischer-Colbry le llamaba «el Emperador eucarístico»67. Su devoción especial era para san Miguel, al que eligió como patrón del ejército imperial. Sus hijos aprendían la oración diaria dedicada al Ángel de la Guarda. También veneraba mucho a san José, por lo que los nombres de sus hijos no sólo contenían el nombre de María, sino también el de José. Se esforzaba ansioso por la beatificación de P. Marco d'Aviano. También veneraba al hermano Conrado de Parzham, que en aquella época ya había sido canonizado y llevaba consigo una reliquia del mismo hasta su enfermedad final. También el santo párroco Maass de Fliess en Tirol, y naturalmente los patronos de sus dominios, así como San Carlos Borromeo, gozaban de su veneración especial68. Nunca comenzaba una comida sin rezar y estuviese donde estuviese rezaba el Ángelus al mediodía. Apreciaba las indulgencias y se preocupaba por ganarlas. Por ejemplo ganaba ansioso y alegre la indulgencia de Porciúncula cada año. Honraba mucho su cruz de la muerte, que tenía concedidas indulgencias de la hora de la muerte y que siempre llevaba consigo69. Siempre confesaba su fe en público sin ocultarla jamás por oportunidad o conveniencia. Obviamente participaba en la procesión del Corpus, nombraba a Dios en sus escritos, rezaba por el fin del cisma en Bohemia y le parecía un escándalo que no existiese un gran periódico católico en Austria. Su honradez no conocía componendas. Es característico el episodio relatado por Isabel Carlota «El gobierno alemán había tramado un plan para hacer sucumbir a Rusia e Italia: en un vagón sellado ciertos líderes comunistas que se encontraban en el extranjero serían llevados a Rusia e Italia pasando por Alemania. Si no me acuerdo mal, en el caso de Rusia se trataba de Lenin y Trotski; no recuerdo quién iba destinado a Italia. De todas formas iban a desatar la revolución en sus países. Así, los frentes se derrumbarían solos. El Siervo de Dios se opuso rotundamente por dos razones: sobre todo porque el comunismo lucha contra la religión, pero también por prudencia, porque una ideología política no se queda parada en las fronteras. Este rechazo de mi padre llevó a que ningún comunista pudiera llegar de contrabando a Italia, pero Austria no fue responsable de que Alemania tuviese ahora a un Lenin a sus espaldas en Rusia»70. Con razón Clemenceau comentó: «El emperador Carlos es como un Papa en Europa central»71. Su lealtad y su obediencia filial para con la Iglesia de Cristo no tenían parangón. Siempre dispuesto a defender y apoyar a la Iglesia, aceptó como buen hijo la abolición de su derecho a veto en la elección del Papa, y renunció para siempre al derecho de presentar o nombrar obispos en distintas diócesis, sólo con el fin de salvaguardar los derechos del Papa, aún a costa de sus propios privilegios imperiales72.
Debido a su amor por la iglesia de Cristo se ganó la enemistad de la poderosa masonería francesa, que también tenía adeptos en altos cargos en Austria: ministros, banqueros, periodistas. La destitución del Dr. Sieghart, conocido como alto cargo masón, como director de un banco influyente, causó irritación incluso en Francia. Desde entonces hubo duros ataques por parte de la masonería una y otra vez: ésta tenía su plan para la división del Imperio desde 191573. No permitía que nadie hablara mal del Papa o del Vaticano en su presencia. Benedicto XV le llamaba «su hijo predilecto» y, según recuerda su hija Isabel Carlota, «por amor al Papa acogió inmediatamente los llamamientos de paz del Santo Padre y fue el único Jefe de Estado que respondió al mensaje de paz del Santo Padre del 24 de Diciembre de 1916. Y cuando Benedicto XV ordenó una oración por la paz la hizo imprimir inmediatamente. Las hojas estaban por todas partes en toda nuestra capilla. Y cuando después de un mes el capellán de la casa ya no rezaba dichas oraciones, mi padre le pidió que siguiera haciéndolo. Al principio el capellán no quería rezarlas porque pensaba que el Santo Padre sólo mandaba rezarlas para evitar una derrota de Italia contra Austria. Al insistir mi padre, el sacerdote quedó algo molesto, pero terminó rezándolas. [...]. En los esfuerzos conjuntos por la paz del Siervo de Dios y del Santo Padre hubo grandes dificultades debidas al Nuncio en Viena, en aquella época Valfré di Bonzo, que no entendía muchas cosas y las contaba de modo cambiado. Con ocasión de una visita a Munich, mi padre habló con el Nuncio Pacelli durante varias horas y a continuación pidió que el arzobispo Pacelli fuese mandado como Nuncio a Viena. También comentó ante mi madre que si eso fuese realidad para Viena "ambos lograríamos una paz juntos"»74. La paz era el deseo más importante de Benedicto XV y la paz era lo único que Carlos ansiaba. Para alcanzar dicho objetivo probó todos los caminos posibles, hasta intentar acordar una paz separada con Francia, que fue saboteada por intrigas de su propio Ministro de Asuntos Exteriores, conde Ottokar Czernin. Bajo el único aspecto que nos interesa, el comportamiento cristiano del Siervo de Dios en cualquier situación, intentamos esclarecer las razones documentadas en la Positio que llevaron a la firma de una falsa promesa en el llamado Caso Sixtus. El Dr. Friedrich Funder fue testigo ocular inmediato de los hechos y cuenta de una visita del ex ministro de Asuntos Exteriores a su despacho: «Nuestra conversación, desde luego, se movía en torno al punto crítico de cómo era posible que el Emperador publicara un texto atenuado con otro contenido que la carta mandada a Sixtus y que Clemenceau lo citara finalmente con respecto a la devolución de Alsacia-Lorena. Así había hecho del hombre de estado francés un enemigo irreconciliable de Austria. El Emperador Carlos tuvo que dar fe del nuevo texto recibido por Ottokar Czernin por escrito. Uno se pregunta cómo hubiese sido posible eso dado el hecho evidente de que el texto citado por Clemenceau era auténtico. Entonces me enteré de la terrible verdad.
Durante nuestra conversación Czernin se irritaba más y más y finalmente se levantó bruscamente: "Se trataba de mi vida y del honor de mi familia", gritó. "Hallé al Emperador tumbado en un diván, con una bolsa en la cabeza. Estaba agotado y completamente exhausto. Le dije: ¡O firma la declaración o me pego un tiro!" Entonces firmó. "Pero ¿cómo pudo hacer eso contra toda la verdad?" grité espantado. De repente la conversación había terminado y nunca fue reanudada»75. El Relator General, P. Ambrosius Eszer O.P., argumenta al respecto de la siguiente manera: «Aparte de todas las "reservas mentales" el Siervo de Dios estaba ante un "casus complexus" realmente imposible de solucionar y además estaba sufriendo un ataque agudo al corazón. Como cualquier buen católico de aquella época creía que el alma de un suicida iba directamente al infierno. Y en su irritación el conde Czernin realmente era capaz de poner en práctica la amenaza de suicidarse. En este caso el Emperador se habría reprochado durante toda su vida el haber causado la perdición eterna de un alma y habría sido también acusado de haber causado el acto desesperado de su ministro de Asuntos Exteriores. Seguramente la elección de Czernin como ministro fue la más desafortunada que el joven monarca había hecho, pero se sentía obligado a seguir el consejo de su tío asesinado. Y no se podía prever que Czernin se iba a convertir en la herramienta ciega de Ludendorff, el "alma negra" del Estado Mayor alemán»76. Durante sus difíciles esfuerzos por la paz, el Emperador Carlos tuvo que aceptar que lo calificaran de débil y cobarde. Sus tenaces esfuerzos también eran vistos «como traición frente al aliado alemán que sólo concebía una "paz victoriosa"»77. Concluye: «Su noble esfuerzo tuvo que fracasar, en parte por la incapacidad y en parte por la mala fe de los diplomáticos de ambos lados, de manera que el francés de izquierdas radical Anatole France con razón pudo escribir: "El Emperador Carlos fue la única persona decente que hubo en un puesto de liderazgo durante esta guerra. Pero no le escuchaban. De veras deseaba la paz y por eso fue menospreciado por el mundo entero. Así se echó a perder una oportunidad única"»78. La derrota del Siervo de Dios Emperador Carlos fue la victoria de aquellos Que, según François Fejtö, estaban obsesionados con una victoria total [...]. A lo largo de la guerra, que más de una vez se quedó estancada en un punto muerto, apareció una idea completamente nueva: «El concepto de victoria total, cueste lo que cueste. Ya no se trataba de obligar al enemigo a retirarse, sino de infringirle heridas incurables; no se trataba de humillarle, sino de destruirle. El concepto de victoria total condenaba al fracaso de antemano cualquier esfuerzo razonable de evitar una masacre sin sentido mediante la componenda. La guerra no sólo sufrió un cambio cuantitativo, sino también "cualitativo" (en la terminología de Hegel). La idea no sólo surgió de la exasperación de los líderes militares debida al fracaso o la parálisis de batallas que habían considerado decisivas. Tampoco era fruto de los gabinetes diplomáticos. Parecía emerger de la profundidad de las masas. Se trataba de un acento casi místico, una ideología que consistía en demonizar al enemigo, en hacer de una lucha por el poder una lucha metafísica, una lucha entre el bien y el mal, una cruzada»79. Podemos decir con el autor de los Salmos: «Si los fundamentos se destruyen, ¿Qué puede hacer el justo?» (Salmo 11,3). Así, a pesar de todos los esfuerzos de Carlos sólo se llegó a la paz por la violencia de las armas. 1918 fue el año de la capitulación. En el Piave, en el Marne, en Amiens, en Vittorio Véneto, en todas partes el destino de Alemania y del Imperio Austro- Húngaro estaba decidido. Wilson publicó sus «14 puntos» para el mantenimiento de la paz en el mundo. Rumania firmó un Tratado de paz con la Entente; Bulgaria se rindió, Checoslovaquia y Polonia declararon su independencia, Turquía firmó un armisticio, el Káiser (Guillermo II) abdicó e hizo posible el surgimiento de la débil República de Weimar. En este momento dramático el Emperador está solo, es un proscrito para todos. En el palacio de Schönbrunn ya ni quedaba personal de guardia. Un grupo de jóvenes cadetes actuaba de guardia voluntaria80. Las tropas regulares seguían en el frente, de manera que aunque hubiese querido no podría haber controlado los tumultos crecientes en las calles, dirigidos por «individuos políticos sin escrúpulos»81. Para evitar un derramamiento de sangre innecesario, y bajo la presión de sus ministros, el Emperador firmó el siguiente manifiesto el 11 de Noviembre de 1918: «Siempre lleno de amor inmutable a todos mis pueblos no deseo limitar su libre desarrollo. Reconozco de antemano lo que Austria alemana decida con respecto a la elección de su futura forma de gobierno. El pueblo ha asumido el poder a través de sus representantes. Renuncio a cualquier participación en el gobierno del Estado. Al mismo tiempo, libero a mi gobierno austríaco de su mandato»82. El conde Ottokar Czernin constató lo siguiente: «En el derrumbe de la monarquía el Siervo de Dios, como en todas las demás situaciones, mostró un comportamiento digno de admiración. No renunció al trono, pues desde su punto de vista la soberanía por la gracia de Dios le había sido dada como una obligación de la que no podía huir. Renunció provisionalmente al ejercicio de sus derechos de Soberano y aceptó todo lo que le pasaba en aquel entonces como voluntad de Dios. El único deseo del Siervo de Dios, también en esa situación, era evitar cualquier derramamiento de sangre. Estaba imbuido del principio cristiano del amor al prójimo. Por eso sólo podía actuar de esta manera y de ninguna otra»83. Al día siguiente, el 12 de Noviembre de 1918, se proclamó la República y el fin de la Monarquía, los bienes pertenecientes a la Casa Imperial fueron confiscados y Carlos tuvo que abandonar Viena esa misma noche, trasladándose a su pabellón de caza de Eckartsau con toda su familia. Pero antes de abandonar Schönbrunn hizo una visita de despedida al Santísimo Sacramento84. Mientras tanto la revolución avanzaba en Hungría y el primer ministro Tisza fue asesinado por los revolucionarios. En Eckartsau le esperaba un tiempo difícil y humillante: era tratado como un prisionero cualquiera, durante el día y la noche estaba bajo el estricto control de un coronel inglés (entre otras cosas para evitar que la familia Habsburgo tuviera el mismo destino que los Romanov de Rusia), observado por los Guardias Rojos que a menudo obstaculizaban el avituallamiento, y enfermó hasta la primavera del 191985. También en esa situación el Siervo de Dios rezaba el Te Deum cada noche y también mandó cantarlo el 31 de Diciembre de 1918 en agradecimiento por todo lo que había traído el año que terminaba. Le habían propuesto cancelar el Te Deum esta vez, pero respondió que en este año había habido mucha gracia digna de agradecimiento. Declaró que precisamente en este año Dios le había dado señales especiales de su bondad, que incluso le había colmado de ellas. El año fue duro, cierto, pero podría haber sido mucho más trágico. Y si aceptamos agradecidos lo bueno de la mano de Dios tenemos que aceptar tanto más lo doloroso con la misma gratitud. Además el año había significado el fin de la masacre internacional86. Nunca se mostraba intranquilo o irritado; al contrario, estaba contento de poder pasar más tiempo con su esposa y sus hijos. En aquella época constantemente había quien le rogaba e imploraba que abdicase, pero nada podía cambiar su decisión. Cuando su hermano Max y otros tres archiduques fueron a su casa para convencerlo de abdicar para evitar una confiscación de los bienes de la familia, el Siervo de Dios sólo respondió que la corona no se vendía por dinero87. Dada la negativa rotunda del Siervo de Dios a abdicar el gobierno de la Austria alemana finalmente le desterró después de que Suiza se había declarado dispuesta a concederle asilo. El 23 de Marzo de 1919 la familia del Emperador se trasladó a Suiza y el 3 de Abril de 1919 la asamblea nacional de Austria alemana decretó su destierro y la confiscación de todos los bienes, incluidos los bienes personales del Emperador y de toda su familia. Consta en las declaraciones de varios testigos Que, durante el exilio en Suiza, más de una vez hubo exponentes de alto grado de la masonería que le ofrecieron a Carlos hacer valer su influencia para su restitución al trono (que por cierto le había sido arrebatado no sin su intervención), bajo la condición de una legislación más liberal con respecto al matrimonio, una escuela libre y la admisión de la masonería en Austria88. La respuesta del Siervo de Dios a estas ofertas fue verdaderamente ejemplar: «Lo que he recibido de Dios no puedo aceptarlo de la mano del diablo»89. «Como rey apostólico de Hungría, el siervo de Dios siempre se sentía obligado a emprender todo lo que le ayudase al país en su recuperación. En aquel momento le conmovió sobre todo el deseo del Papa Benedicto XV que le instó a volver a Hungría para erigir allí un baluarte de la Santa Iglesia»90. Estas palabras de Zita, confirmadas por el último jefe del gabinete, el húngaro Dr. Alàdar von Boroviczény91, permiten una visión más profunda de los motivos que llevaron al Siervo de Dios a sus dos intentos fallidos de restauración. El primero, iniciado el 24 de marzo de 1921, fracasó después de 12 días. El Rey había abandonado el país repentinamente para evitar una guerra civil y la intervención de poderes extranjeros. A su regreso a Suiza, fue sometido a un control más estricto que incluía la obligación de anunciar a las autoridades cualquier posible viaje fuera de Suiza. Así se quería evitar un nuevo intento de restauración en Hungría donde Carlos, por cierto, todavía era reconocido oficialmente como rey, también por el teniente «general almirante» Horthy que actuaba como regente en aquella época. Tampoco durante el exilio dejaba de visitar lugares de peregrinación de advocaciones marianas con gran afecto. En Maria Einsiedeln edificaba a los monjes por su respeto a la imagen milagrosa. Y, a pesar de la falta de dinero, les dejó como regalo una valiosa sortija con una rara perla negra que quedó incrustada en la corona de la Virgen92. No podía renunciar a su comunión diaria. Si no le era posible hacerla en casa, buscaba la ocasión en una iglesia por el camino. Junto a sus hijos rezaba diariamente el Ángelus y le dolió cuando no podía oír tocar el Ángelus durante una estancia en el cantón protestante de Vaud93. Nuevamente políticos de distintos Estados, que le indicaban que la catastrófica situación en Hungría los hacía temer una posición más fuerte de Alemania a costa del Imperio Austro-Húngaro disuelto, le instaban a una restauración en Hungría. Además, el Rey de Hungría tenía la obligación, bajo pena de perder el trono, de pasar cierta parte del año como mínimo en el reino de San Esteban. Pero sobre todo le preocupaban los temores crecientes del Santo Padre con respecto a una sovietización de Europa94. Así, en Octubre de 1921, Carlos emprendió un último intento de restauración en Hungría que también fracasaría. Uno de los consultores historiadores juzga si fue adecuado dicho intento, con numerosas pérdidas de vidas humanas: «El Siervo de Dios estaba en Suiza en contra de su voluntad y sólo era tolerado en aquel país. Su reino estaba en una situación caótica. Sentía que había llegado la última oportunidad para cumplir su misión: desde su perspectiva era un cometido recibido de Dios bajo juramento, que muchos esperaban que cumpliera. Por lo tanto, eran sobre todo motivos morales los que le llevaron a actuar de esta forma y no de otra. Desde luego queda por esclarecer si el segundo regreso fue sensato. Las calificaciones (también las de los expertos militares) concuerdan en que fue el último momento en que fuera posible»95. Tampoco durante el viaje a Hungría en tren el siervo de Dios quería renunciar al fortalecimiento por la Eucaristía y le pidió al Reverendo Sr. David en Bia Torbagy que celebrase la misa en los andenes y al día siguiente en un galpón de la estación96. Cuatro días después del segundo intento fallido de restauración el Siervo de Dios fue arrestado y llevado prisionero a la Abadía de Tihany, separado de su séquito y vigilado estrictamente. «Allí le negaban la santa misa y la comunión, incluso el día festivo. Este tratamiento por parte de Horthy fue criticado duramente hasta por los círculos antimonárquicos»97. Siempre que se le instaba a abdicar respondía con una negación rotunda. Finalmente Horthy se dirigió al Cardenal Primado de Hungría, Arzobispo Juan Csernoch, para que obtuviera una abdicación voluntaria y para que el destronamiento del rey pareciese menos absurdo e ilegal. Pero el Cardenal, leal al rey, respondió: «He coronado al rey. ¡Ahora no puedo aceptar el encargo de convencerlo de que renuncie al trono!»98. El 20 de octubre de 1921 tuvo lugar un encuentro con el Cardenal: «El Cardenal estaba profundamente impresionado por la audiencia con los reyes. El rey estaba canoso, la reina delgada, cansada y abatida. Ambos hablaban de forma tranquila y muy serena. Su fe era inquebrantable y estaban muy convencidos del éxito de su causa»99. El Primado informó a la Conferencia Episcopal de que había explicado claramente al Rey la dificultad de la situación y el peligro de una intervención militar de poderes extranjeros. El Rey había explicado su punto de vista: Había prestado el juramento de la Corona y por eso sentía la grave obligación de defender la Corona de San Esteban. Por eso estaba dispuesto a aceptar la dura prueba del destino «y consciente de subir al Calvario con fe y voluntad». Le explicó al Cardenal que no había abdicado en absoluto y el Primado asintió, pues una abdicación voluntaria hubiese sido aún peor que su destronamiento por la fuerza100. Mientras tanto escribía preocupado a sus hijos, que habían sido llevados al castillo de Wartegg, para que no perdieran el aliento y para que rezaran ante el sagrario con más fervor aún101. Después de los días muy duros y humillantes en la abadía de Tihany la pareja imperial fue entregada a los ingleses el 1 de Noviembre de 1921 y llevada a una embarcación en el Danubio con destino desconocido. Antes de partir, el emperador Carlos recibió la bendición apostólica del nuncio junto a palabras alentadoras por parte del Papa. El comandante del barco británico comentó el comportamiento del siervo de Dios en aquella situación: «Se mostró como católico creyente y dio el ejemplo más sublime de valor y dignidad en la desgracia que haya visto jamás»102. La emperatriz Zita cuenta de este doloroso viaje: «Después de haber cambiado de barco varias veces, después de haber pasado por Constantinopla, los Dardanelos, las islas griegas hasta la costa africana seguimos hacia Gibraltar, donde, finalmente, llegamos a conocer el destino del viaje. El equipamiento del pequeño buque de guerra era muy primitivo, aunque los oficiales de turno hacían lo posible para aliviar nuestra estancia. [...]. El Siervo de Dios sentía gran dolor por no poder participar en una misa y recibir la comunión. Lo pidió en repetidas ocasiones pero hasta Gibraltar todos los ruegos fueron en vano. […]. Durante la estancia en Gibraltar se permitió que un sacerdote subiera a bordo para celebrar la misa. El Siervo de Dios acolitaba y recibimos la comunión. En esa ocasión también nos confesamos y pedimos agua bendita. Después de una breve estancia el viaje prosiguió hacia Madeira, donde arribamos el 19 de noviembre de 1921»103. Los últimos cinco meses de su vida, en el exilio en una isla lejana del Atlántico, fueron para el Siervo de Dios como el crisol en el que se refina el oro: el sufrimiento, las humillaciones, los desengaños, las renuncias, la miseria y la pobreza eran el pan suyo de cada día. Y aún así nunca nadie escuchó un lamento o una maldición contra sus perseguidores de su boca. Estaba cada vez más hacia Dios, que tenía preparado para él otro camino; aceptaba subir al Calvario con Cristo y abrazar la cruz. A su llegada a Madeira el Siervo de Dios estaba ante la nada. No tenía dinero ni noticias de Europa y estaba separado de sus hijos. Pero lo que deseaba, antes que nada, era que en su residencia provisional, una casa pequeña, se instalara una capilla para la celebración diaria de la Eucaristía. Estaba completamente sometido a la voluntad de Dios, más aún, «ya antes de su enfermedad mortal comprendió que Dios esperaba de él el sacrificio de su vida. Y ofrecía este sacrificio con valor y gusto porque Dios lo quería así. Sí, ofreció el sacrificio de su vida a Dios por su propia voluntad y por el bien de la iglesia y de las almas inmortales»104. Cuando después de unos meses logró reunir a toda su familia consigo le llegó otra noticia terrible: sus joyas privadas, con las que pensaba financiar su vida, habían sido robadas. Dado que ahora ya no estaban en condiciones de pagar el alquiler de la casa en Funchal, en la que residían, tuvieron que aceptar la oferta de un rico portugués que puso a su disposición su casa de verano en la montaña: tres habitaciones muy primitivas. El 19 de febrero se mudaron a la nueva casa, absolutamente inapropiada para la estación fría y brumosa por su equipamiento. Era casi imposible calentarla y extremadamente insalubre vivir en ella. Los testigos cuentan que debido a la humedad el agua corría por las paredes105 y que al abrir la ventana entraba una densa niebla106. La noche de su llegada, el Siervo de Dios reunió a toda su familia para rezar alrededor de la chimenea humeante del comedor y le pidió al Reverendo P. Zsamboki que bendijese la casa «¡para que aquí también entrasen la paz y el sosiego!»107. Como todo esto también formaba parte de los planes de Dios, el emperador Carlos aceptó sumiso la situación, fortalecido por la fe, por la presencia de todos sus hijos y de su amada esposa, embarazada de su hijo menor, y por la alegría de saberse cerca de un santuario mariano, Nuestra Señora del Monte, donde pronto sería sepultado. Con amor y seriedad, como siempre, pasaba día tras día con su familia y dedicaba gran parte de su tiempo a la educación y formación de sus hijos, especialmente los dos mayores. Estaba alegre de poder ser sencillamente padre sin falta alguna de tiempo. Como ya lo había hecho cuando eran muy pequeños, les enseñaba el catecismo, la historia de la salvación, la vida del Señor; hacía todo lo posible para orientar sus almas y su espíritu hacia Dios108 .Además, tenía la buena costumbre de llevar a los más pequeños a la capilla para encomendárselos al Señor109. Doblaba sus manitas y les enseñaba a rezar así. También les bendecía desde el primer momento de su vida con agua bendita y lo hacía cada noche antes de que los pequeños fueran a dormir y después de haber rezado con ellos a los Ángeles de la Guarda110. La familia no tenía ni cocinero, ni sirvientes ni dinero, de manera que el Obispo de Madeira se declaró dispuesto a hacerse cargo de algunos gastos. Pero el siervo de Dios rechazó la oferta, agradeciéndosela111. El obispo Antonio Homen de Gouveia se acuerda de aquella época: «En el trato diario con Su Majestad admiraba su extraordinaria fe activa. Todo lo que hacía lo sometía a la voluntad divina. Con la mayor sumisión soportaba todos los fracasos y percances sin decir jamás una palabra de amargura contra sus enemigos. Incluso intentaba disculparlos, viendo en ellos herramientas de la providencia divina. Pasaba largas horas de la noche ante el Santísimo en la capilla familiar. Y nunca decidía asuntos importantes, por muy urgentes que fueran, sin antes consultar con el Santísimo Sacramento. […]. Participaba en la Santa Misa con una devoción impresionante. Cada día recibía la comunión y edificaba a todos los celebrantes con su excelente devoción y religiosidad, que se mostraba incluso en los detalles más ínfimos. [...]. En casa era extremadamente amable con todos, con su esposa, con los príncipes y con los sirvientes.No se oía de él ninguna palabra en voz alta que indicase excitación o impaciencia. ¡Por ejemplo, un día recibió Alegre la noticia del buen resultado de la operación de su hijo en Suiza! Inmediatamente caminó un kilómetro a través de una lluvia torrencial para traerme la buena noticia: "¡Una grave preocupación menos en mi vida! ¡Qué agradecido estoy a Dios!"»112. También el obispo de Funchal dijo que «la estancia del Siervo de Dios en Madeira equivalía a la gracia de una predicación, solamente por el ejemplo que daba sobre todo a los estratos más nobles de la población»113. En todo su comportamiento se notaba cada vez con más claridad que algo en él había cambiado profundamente: su unión íntima con Dios se había hecho tan fuerte que era casi tangible. Su recogimiento durante la misa era casi extático. En aquellos momentos el mundo exterior había desaparecido para él, de manera que era imposible distraerle, ni tocándole, ni empujándole duramente, según lo constató su esposa Zita en repetidas ocasiones114 al igual que los habitantes de la isla que estaban muy edificados por su comportamiento. Un día dirigió una larga mirada al santuario de Nossa Senhora do Monte y le dijo a su esposa: «No quiero morir aquí, pero en seguida añadió decidido: Dios hará lo que quiera»115. Había entendido claramente que Dios esperaba un último sacrificio total de él para la salvación de sus pueblos: el sacrificio de su vida. Carlos estaba convencido de que «la oración de un padre traspasa las nubes. Una parte de mis hijos ha renunciado a la fe, otros están en peligro de compartir su destino(se refería a sus pueblos). Así tengo que luchar constantemente ante Dios para llevar a los unos de vuelta y proteger a los otros»116. Ahora era capaz de cualquier renuncia por amor a Dios, incluso podía renunciar a su familia. Le dijo a su esposa cada vez más preocupada: «Dios me ha dado la gracia de que aquí en la tierra ya no haya nada que no esté dispuesto a sacrificar por amor a Él y por el bien de la Santa Iglesia. Y a la pregunta de si se refería a la iglesia en su patria respondió: Ya no puedo distinguir entre patria e Iglesia»117. La última festividad pública a la que asistió el Emperador junto a sus dos hijos mayores fue la bendición del reloj de la torre de la Catedral, donde actuó de padrino118, recibido por la población entusiasta de Funchal, a la que había conquistado en su breve estancia. El 9 de marzo comienza la subida al Gólgota del Emperador Carlos que culminaría el 1 de Abril cuando Carlos, Emperador de Austria y rey de Hungría, devolverá su alma pura al Padre con la certeza de «recibir de Él la recompensa de la vida eterna allí donde podrá gozar de la contemplación sublime de Dios y descansar cerca del corazón de su maestro, aquel corazón que desde siempre había sido su refugio, su seguridad y su esperanza inquebrantable»119. Lo que primero parecía una gripe normal y nada grave se convirtió en una pulmonía mortal. Pero en los 22 días de su enfermedad final« nunca mostró la mínima señal de impaciencia, ninguna queja, a pesar de su terrible dificultad para respirar, tos torturadora, sed ardiente y debilidad paralizante; a pesar de curas dolorosos, un sinnúmero de tratamientos agotadores y dos úlceras que lo hacían sufrir»120. Durante toda su enfermedad Carlos rezó ininterrumpidamente y, cuando ya no podía hablar, prosiguió sus oraciones internamente. Su única preocupación era ser una carga demasiado pesada para su esposa y para las personas que le cuidaban. Este carácter ya le había acompañado durante toda su vida, incluso como Emperador. Cuando comprendió que se acercaba su fin quiso discutir la futura educación de sus hijos con su esposa Zita, prestando especial atención a la instrucción religiosa, sobre todo la del primogénito. Le dio directivas muy particulares a Zita para la selección de un instructor masculino: «Debido a las rivalidades nacionales entre los distintos grupos monárquicos podían surgir problemas con este encargo. El Siervo de Dios dio la orden expresa de elegir un instructor extranjero que garantizara una educación estrictamente católica, que inflame el espíritu juvenil para los ideales católicos aunque ello significase una desventaja política»121. En cuanto la población de la isla se enteró de la enfermedad del «buen rey Carlos» la gente comenzó a rezar. Incluso le dieron el carácter de rogatoria por su pronta curación a la procesión anual con el Cristo Redentor. También se cancelaron los fuegos artificiales habituales en esta ocasión para no interrumpir el descanso del enfermo122. En aquellos días tan largos su mayor deseo era asistir a la Santa Misa y recibir la comunión. Pero la opinión errónea de que los medicamentos interrumpían el ayuno eucarístico le obligaba a sacrificar «el deseo más ferviente de su corazón»123, hasta que el Rev. P. Zsamboki, su último capellán, le pudo convencer lentamente y con insistencia de que una persona tan enferma no estaba obligada al ayuno eucarístico124. A partir de entonces era muy feliz por poder recibir la comunión todos los días hasta su muerte. El agravamiento de su enfermedad, los colapsos repetidos, la inutilidad de las terapias dolorosas le hicieron prever que se acercaba su última hora. Así, su abuelastra, la archiduquesa María Teresa, le aconsejaba que recibiera la extremaunción. «Y quería volverse a confesar, a pesar de que lo hacía regularmente cada ocho días, para perdonar a todos aquellos que habían intrigado contra él y para ofrecer sus oraciones y sus sufrimientos por sus perseguidores»125.
El Emperador Carlos quería que su primogénito Otón presenciase la extremaunción «para que le quedara un recuerdo y un ejemplo para su vida, para que él también sepa lo que un Emperador realmente católico debía hacer en este caso»126. Pidió que las oraciones de los agonizantes le fueran leídas de manera que él pudiera rezarlas también conscientemente. «El enfermo recibió la extremaunción con gran devoción, él mismo extendió las manos hacia la unción y rezaba las oraciones con el sacerdote. El mundo exterior había desaparecido para él. Después de la Extremaunción le di la bendición del Santo Padre, cuyo hijo fiel siempre había sido», recuerda el Monseñor Dr. Paul Zsamboki127. Durante la última noche de su vida terrenal sufrió mucho, pero ofreció su sufrimiento a Cristo. «Tengo que sufrir tanto para que mis pueblos vuelvan a encontrarse». «En aquella noche la sed le torturaba, pero siempre había que adivinar lo que quería. A menudo prefería pasar horas en una posición incómoda a manifestar una queja o un deseo. Y agradecía cada servicio prestado con afección sincera y conmovedora»128. Además del dolor físico sentía otro en el alma: la preocupación por el futuro de su esposa y sus hijos, por su país y por estar lejos de sus fieles. Pero durante su sufrimiento hallaba consuelo en el Sagrado Corazón de Jesús. «De otra manera —dijo— sería insoportable»129. El día de su muerte, después de haber recibido la comunión, permaneció absolutamente recogido musitando jaculatorias entre las que la más frecuente era «Jesús, para ti vivo; Jesús, para ti muero». El Dr. Zsamboki notó que el moribundo «miraba ansiosamente a la Custodia con la que estaba frente a él mostrándole al moribundo el Santísimo»130. Poco después, pidió insistentemente el viático (última comunión) y después de haberlo recibido el Emperador dijo con gran efusión: «En los brazos del Salvador [...]. Tú y yo y nuestros queridos hijos. A continuación rezó el acto de contrición perfecta y encomendó a sus hijos, uno tras otro, al Señor, rogándole que les protegiera en cuerpo y alma y que les dejase morir antes de que cometiesen un pecado grave. Que así sea. Amén»131. Y una y otra vez besaba la imagen del Sagrado Corazón que mantenían delante de sus labios. Después decayó rápidamente. Los médicos bombeaban oxígeno directamente a sus pulmones, pero fue en vano. Entonces sólo se oía una voz muy baja: «”Jesús, Jesús mío [...]. ¡Sí, Jesús mío, como tú quieras, Jesús!”» Las frases sonaban como parte de una conversación con su Salvador. El mundo ya no existía para él. […]. Sus labios murmuraban oraciones, su vista se alejaba, como si ya estuviese divisando otro mundo. Con todo el sufrimiento, la expresión de su cara era tan alegre y suave como nunca se había visto en Su Majestad, ni en los mejores tiempos. [...]. Dos o tres respiros más, un leve sollozo [...] y un corazón noble había dejado de latir. Aunque la muerte de Su Majestad me conmovía mucho, dice el Monseñor Dr. Paul Zsamboki, estaba tan tranquilo por el destino del muerto como nunca antes en otros casos»132. Se había desasido de los bienes terrenales tan radicalmente y su vestimenta era tan reducida, que hubo que pedir la devolución de una chaqueta que el Rey había regalado a uno de sus sirvientes unos años antes para poder enterrarle vestido con la misma133. Cuando se supo la noticia de la muerte del Emperador, el pueblo vino corriendo en multitud, desfilando durante horas ante su féretro en la capilla ardiente en su casa y depositando rosarios y otros objetos de devoción como señal de su admiración134. Este hombre sencillo, devoto y bondadoso, lleno de preocupación atenta por sus prójimos, capaz de relaciones verdaderamente humanas con ricos y pobres, había conquistado los corazones de los isleños en apenas cinco meses, y eso sin el brillo del cetro y de la corona. No lloraban por uno de los últimos Emperadores, sino por el buen Carlos que les había impresionado a todos profundamente por su comportamiento muy humano y cristiano en medio de la miseria del exilio. Los habitantes de Funchal rindieron honor y mostraron su amor a este hombre enamorado de Jesucristo. En su funeral participaron unas 30.000 personas y todas las tiendas permanecieron cerradas. El Obispo, los canónigos de Funchal y los demás sacerdotes que participaron en el funeral hablaban de él como de un santo. Sus restos mortales fueron sepultados en la bella iglesia de Nossa Senhora do Monte135. Con su muerte terminaba la vida terrenal y la vida de creyente del Emperador y Rey Carlos de Habsburgo. Pero comenzaba otra mucho más importante: la vida en los brazos de su Redentor, que le traería la paz que había ansiado tanto en su vida; aquel Señor Jesús que levantará a su devoto siervo Carlos del polvo del exilio al honor de los altares.
1 Traducción: P. Erhard Mayerl OFMCap. 2 Decreto sulle virtu. Abril de 2003. 3 Lexicon Zanichelli. 4 Positio super virtutibus et fama sanctitatis. Roma 1994. Summ. docc. T.I. p. 107. 5 Summ. test. p. 600, § 780, emperatriz Zita. 6 Summ. test. p. 390-391, §§ 561-562, Maria Lackner. 7 Véase Santiago 2,22. 8 Relatio et vota dei Consultori storici. Voto 4, T.I.A., p. 22. 9 Positio, Summ. docc. II. p. 521. 10 Summ. test. p. 74, marquesa Crescenzia [sic!] Pallavicini. 11 Summ. test. p. 195-196, Isabel Carlota. 12 Summ. test. p. 784-785, Teresa Korff Schmising Kerssenbrock. 13 Summ. test. p. 128, Anna Tachezy. 14 Summ. test. p. 786, Teresa Korff Schmising Kerssenbrock. 15 Summ. test. p. 63, § 80, Raffaella Schmalzhofer Holzlechner. 16 Summ. test. p. 786-787, § 958, Teresa Korff Schmising Kerssenbrock. 17 Summ. test. p. 563, § 744, emperatriz Zita. 18 Summ. test. p. 64, § 81, Raffaella Schmalzhofer Holzlechner. 19 Summ. test. p. 81, marquesa Crescenzia Pallavicini. 20 Summ. test. p. 198-199, Isabel Carlota. 21 Summ. test. p. 87-88, carta del archiduque Otón. 22 Summ. test. p. 67-68, § 20, emperatriz Zita. 23 Summ. test. p. 63-64, § 18, Emperatriz Zita. 24 Summ. test. p. 568,Emperatriz Zita. 25 Summ. test. p. 893, ad 100, María Antonia de Borbón-Parma. 26 Summ. test. p. 171, Gustav Grimm-Szepes Etelvar. 27 Summ. test. p. 70, emperatriz Zita. 28 Summ. test. p. 854-855, María Antonia de Borbón-Parma. 29 Summ. test. p. 769, § 936, Javier de Borbón-Parma.
30 Summ. test. p. 367-369, Dr. Erich Thanner. 31 Summ. test. p. 369, Dr. Erich Thanner. 32 Summ. test. p. 564, § 746, emperatriz Zita. 33 Summ. test. p. 328, ad 13, Zdenka von Gudenus. 34 Summ. docc. p. 20-21, P. Bruno Rodolfo Spitzl. 35 Summ. test. p. 66, P. Bruno Rodolfo Spitzl. 36 Summ. test. p. 533, emperatriz Zita. 37 Summ. test. p. 369, § 540, Dr. Erich Thanner. 38 Summ. test. p. 533-534, emperatriz Zita. 39 Summ. test. p. 142, ad 16, Anna Francesca Maria Lamich. 40 Summ. test. p. 371, ad 18, Dr. Erich Thanner. 41 Summ. test. p. 466, ad 18, Karl Werkmann von Hohensalzburg. 42 Summ. docc. p. 267. 43 Summ. test. p. 176, § 272, Gustav Grimm-Szepes. 44 Summ. test. p. 636, § 821, emperatriz Zita. 45 Summ. test. p. 509-510, ad 38, Karl Werkmann von Hohensalzburg. 46 Summ. test. p. 521, § 702, Karl Werkmann von Hohensalzburg. 47 Summ. test. p. 370, ad 17, Dr. Erich Thanner. 48 Summ. test. p. 173-174, ad 17, Gustav Grimm-Szepes Etelvar. 49 Summ. test. p. 247, Isabel Carlota. 50 Summ. test. p. 635, § 818, emperatriz Zita. 51 Summ. test. p. 189, § 293, Gustav Grimm-Szepes Etelvar. 52 Summ. test. p. 524, § 706, Karl Werkmann von Hohensalzburg. 53 Summ. test. p. 247-248, Isabel Carlota. 54 Summ. test. p. 403, ad 51, P. Wilhelm Schmidt. 55 Summ. test. p. 203, Isabel Carlota. 56 Summ. test. p. 656-657, § 846, emperatriz Zita. 57 Summ. test. add. p. 125-126, Mons. Amato Pietro Frutaz. 58 Summ. test. p. 232, Isabel Carlota. 59 Summ. test. p. 248, Isabel Carlota. 60 Summ. test. p. 567, § 748, emperatriz Zita. 61 Summ. test. p. 148, § 226, Anna Francesca Lamich. 62 Summ. test. p. 214, Isabel Carlota. 63 Summ. test. p. 511, ad 41, Karl Werkmann von Hohensalzburg. 64 Summ. test. p. 558, § 740, emperatriz Zita. 65 Summ. test. p. 555, emperatriz Zita. 66 Summ. test. p. 556. 67 Summ. test. p. 556. 68 Summ. test. p. 566-567. 69 Summ. test. p. 579, § 49. 70 Summ. test. p. 221-222, Isabel Carlota. 71 Summ. test. p. 455, ad 53, S.A.I. y R. Roberto archiduque de Austria. 72 Summ. test. p. 244, § 363, Isabel Carlota. 73 Summ. test. p. 222-224. 74 Summ. test. p. 215-216, Isabel Carlota. 75 Summ. test. p. 699. 76 Relatio et vota dei Consultori storici, p. 83. 77 Summ. test. p. 144, ad 20, Anna Francesca Lamich. 78 Summ. test. p. 272-273, § 403, Ing. Ermanno Büeler de Florin. 79 F. Fejtö, Requiem per un impero defunto. Milano 1990. 80 Summ. test. p. 84, ad 26, Anna Hubalek Pohl. 81 Summ. test. p. 378, ad 26, Dr. Erich Thanner. 82 Summ. test. p. 581. 83 Summ. test. p. 358, § 530, Ottokar Czernin-Chudenitz. 84 Summ. test. p. 542, ad 27, emperatriz Zita. 85 Summ. test. p. 490-491, §§ 673-674, Karl Werkmann von Hohensalzburg, p. 204-205, ad 27, Isabel Carlota. 86 Summ. test. p. 602-603, § 784, emperatriz Zita. 87 Summ. test. p. 204, Isabel Carlota. 88 Summ. test. p. 133, § 202, Sr. Giuseppe del Povero Bambino Gesu. 89 Summ. test. p. 145, § 221, Anna Francesca Lamich. 90 Summ. test. p. 545, § 730, emperatriz Zita. 91 Summ. test. p. 397-398, § 572, Dr. Aladár [sic!] de Boroviczény.
92 Summ. test. p. 444-445, Emilia Gehrig. 93 Summ. test. p. 555, emperatriz Zita. 94 Summ. test. p. 1079. 95 Relatio et vota Consultori storici, p. 46. 96 Summ. test. p. 560, emperatriz Zita. 97 Summ. test. p. 179, Gustav Grimm-Szepes Etelvar. 98 Summ. docc. p. 420-421. 99 Summ. docc. p. 420-421. 100 Summ. docc. p. 421-422. 101 Summ. test. p. 146, Anna Francesca Maria Lamich. 102 Summ. docc. p. 166-167. 103 Summ. test. p. 552-553, emperatriz Zita. 104 Summ. test. p. 553-554, emperatriz Zita. 105 Summ. test. p. 106-107, ad 35, Alfred Kiesewetter. 106 Summ. test. p. 52, archiduquesa Isabel. 107 Summ. docc. p. 84-85, V. Mensdorff Pouilly, Storia della Malattia. 108 Summ. test. p. 585, emperatriz Zita. 109 Summ. test. p. 586, emperatriz Zita. 110 Summ. test. p. 587, emperatriz Zita, p. 807, ad 43, Rev. P. Zsamboki. 111 Summ. test. p. 806, Rev. Paolo Zsamboki. 112 Summ. test. p. 897-898, § 1115, Mons. Antonio Homen de Gouveia. 113 Summ. test. p. Mons. Antonio Manuel Pereira Ribeiro. 114 Summ. test. p. 616-617, emperatriz Zita. 115 Summ. test. p. 581, emperatriz Zita. 116 Summ. test. p. 580. 117 Summ. test. p. 582. 118 Summ. test. p. 122. 119 Summ. test. p. 872, M. María Antonia de Borbón-Parma. 120 Summ. docc. p. 86. 121 Summ. test. p. 586, emperatriz Zita. 122 Summ. docc. p. 91. 123 Summ. docc. p. 123. 124 Summ. test. p. 817, Rev. Paolo Zsamboki. 125 Summ. docc. p. 93-94. 126 Summ. docc. p. 93-94. 127 Summ. docc. p. 125. 128 Summ. docc. p. 126. 129 Summ. docc. p. 127. 130 Summ. docc. p. 127. 131 Summ. docc. p. 128. 132 Summ. docc. p. 129. 133 Summ. test. p. 810, Rev. Paolo Zsamboki. 134 Summ. test. p. 823, Rev. Paolo Zsamboki. 135 Summ. test. p. 823-824, Rev. Paolo Zsamboki.